La activista Helena Maleno es felicitada tras recibir el ''Premio Guernica por la Paz y la Reconciliación'', en Guernica. © AP Photo/Alvaro Barrientos

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Helena Maleno: “Hemos normalizado las muertes y la violencia en la frontera”

Por Vega Alonso del Val (@VegaAlonsoV), colaboradora de Amnistía Internacional,

Activista, defensora de los derechos humanos, periodista, fundadora del colectivo Caminando Fronteras que trabaja por el reconocimiento de los derechos de personas migrantes. Lleva 20 años ayudando a salvar la vida de miles de personas que arriesgan su vida cruzando el Estrecho gracias a sus llamadas y avisos a salvamento. Su voz es necesaria para romper muros y construir un mundo más justo. Sin embargo, hay quien quiere silenciarla. Ha sufrido amenazas de muerte, vigilancia policial, escuchas telefónicas... En enero fue expulsada de Marruecos en un intento más de criminalizarla. Conversamos con ella en el Día del Libro por su publicación ‘Mujer de frontera’, donde repasa el proceso judicial al que se vio sometida por algo tan fundamental como la defensa del derecho a la vida.

“Defender el derecho a la vida no es delito” es el subtítulo de tu libro. Parece que estamos lejos de esta idea por el procedimiento judicial que narras en él y la situación que estás viviendo desde enero.

Publicar el libro no solo era contar mi historia sino desvelar la deriva que está tomando Europa en la persecución de quienes defienden los derechos de las personas migrantes. Esa deriva, en mi caso, es como emblemática porque muestra muchas formas de esa persecución, con la externalización de fronteras, las persecuciones transnacionales... Pero sabemos que, en los últimos años, ha habido más de 250 casos de personas perseguidas por defender la vida. Defender la vida es dar comida a personas migrantes, llevarlas al médico, rescatarlas en el mar… El libro intenta reflejar esa realidad y que se conozca más.

Helena Maleno

Fuente © Facebook Helena Maleno Garzón

Después del proceso judicial por el que has pasado y tu situación actual, ¿cómo concienciar de que la defensa de la vida no es delito?

A pesar de que los jueces dicen que lo que hacemos –llamar a salvamento marítimo, a la marina marroquí, a la guardia civil porque hay embarcaciones a la deriva y vidas que salvar– no es un delito, he tenido que salir públicamente. Varias organizaciones ya nos alertaron de que esto no se termina con el procedimiento judicial porque, en muchas ocasiones, se utilizan otras técnicas de persecución que son más difíciles de demostrar y que pueden poner en mayor riesgo la vida. Este ha sido mi caso, donde no se han restablecido los derechos y he seguido recibiendo ataques desde 2019 cuando se terminó el procedimiento judicial. Ante la inacción de los Estados, tanto de Marruecos como de España, nos hemos visto obligadas a salir públicamente y seguir gritando. Lo hemos hecho porque hay muchas personas que están viendo recortadas sus acciones en materia de derechos humanos y están siendo perseguidas. Yo tengo la suerte de contar con unas compañeras maravillosas, con un comité de seguridad que analiza los riesgos que corremos mi familia y yo, con un seguimiento psicosocial...

¿Por qué se criminaliza y se quiere callar a las personas defensoras de los derechos humanos?

Porque hay muchos intereses económicos en el control del movimiento. Se ve muy claro con Frontex y cómo ha crecido de forma exponencial el dinero que se da a esa agencia, que es poco transparente y que casi no tiene control parlamentario. Por otro lado, están las inversiones de empresas de armamento europeas en el control del movimiento. Muchas de ellas son también puertas giratorias para políticos europeos. Ahí hay un entramado y un negocio oscuro. Esto ha hecho que conforme los intereses económicos aumentan en la frontera, aumentan también las muertes de personas migrantes y la persecución de defensoras.

La activista española Helena Maleno reacciona tras recibir el ''Premio Guernica por la Paz y la Reconciliación'' en Guernica, el 11 de marzo de 2019.

La activista española Helena Maleno se emociona tras recibir el ''Premio Guernica por la Paz y la Reconciliación'' en Guernica, el 11 de marzo de 2019. © AP Photo/Alvaro Barrientos

¿Cómo luchar por los derechos de las personas migrantes si se ataca a quienes los defienden?

El racismo es lo que envuelve ese negocio y lo que está ocultando los verdaderos intereses. El racismo tiene una parte institucional y estructural muy fuerte, que los Estados no tocan. También una parte social que sirve de escudo para perseguir a las defensoras de derechos humanos. Hemos visto el cartel que se ha puesto en Sol de criminalización a los menores no acompañados, de persecución a un grupo determinado, que es una infancia migrante que durante años se ha estigmatizado y perseguido. Enfrentar ese racismo es clave. Cualquier persona puede convertirse en defensora de los derechos humanos porque defenderlos acaba contribuyendo a la defensa de la democracia.

Hablamos de derechos, una palabra que en los contextos de frontera a veces pierde su valor.

Cómo se puede hablar de derechos humanos si hemos normalizado que algunos colectivos puedan morir por cruzar una frontera, si les hemos despojado de su humanidad, si estamos aplicando unas políticas de muerte, una necropolítica como decía Achille Mbembe. Los Estados han despojado de su valor a los derechos humanos y los ha convertido en privilegios. Esto se ve muy claro en Europa. Europa es la Europa de las mercancías, no la de los pueblos. Europa es la Europa de la necropolítica y de la esclavitud, y no la de los derechos humanos.

¿Está Europa invisibilizando las muertes en la frontera?

Sí, lo hemos normalizado y justificado. Cuando hay un naufragio, hay personas que han visto morir a otras personas, que han tenido que tirar cadáveres por la borda, que ellos mismos han estado a punto de morir… y cuando llegan a tierra lo primero que se hace es aplicar la Ley de Extranjería y no un protocolo de víctimas de tragedias múltiples ni un acompañamiento psicosocial. Van a un centro de internamiento y son sometidos a un interrogatorio por parte de la policía para saber quién es el patrón de la patera porque ese es el objetivo. Nadie se preocupa de su salud emocional. Muchas veces tienen una asistencia posterior en centros humanitarios, pero no es suficiente para lidiar con ese trauma.

Por otro lado, hay muchas personas que hacen comentarios como “aquí no cabemos todos”, “que no vengan”, “son responsables”… Comentarios que se hacen frente a muertes. O por ejemplo, cuando hay personas ahogándose en el mar y se fotografía porque la única manera de sensibilizar es mostrar pornografía del dolor. Les hemos despojado de tanta humanidad que la forma de sensibilizar es decir: “mira, se están ahogando”. Eso no lo haríamos con un niño blanco.

Desde el colectivo Caminando Fronteras, constatamos 2.170 personas muertas y desaparecidas en la frontera española en 2020. Es la cifra más alta desde que hay registros. Las familias no tienen dónde buscar a sus familiares. Esto se invisibiliza y normaliza. No tienen derecho a duelo. Esto explica muy bien cómo es el entramado de la necropolítica en la frontera.

Helena Maleno

Fuente © Facebook Helena Maleno Garzón

El Estrecho se ha convertido en un cementerio. ¿También en un territorio político?

Sí. La frontera ya no es una línea y eso te lo decían los propios políticos. Recuerdo cuando Fernández Díaz hablaba de la “frontera chicle”, de que la frontera no está cuando saltas la primera valla o la segunda, sino cuando pasas al último guardia civil que está controlando la frontera. Nosotras hablamos de “territorio de frontera”, donde se aplican unas prácticas políticas diferentes que permiten el secuestro de los derechos humanos y una presencia mayor del ministerio del Interior. Es lo que pasa ahora en Canarias. Con todo lo que está pasando en los centros, es la presencia del Ministerio del Interior la que tiene más poder que el Ministerio de Inclusión, encargado de la acogida o que el Ministerio de Igualdad, en el caso de las mujeres. En ese territorio de frontera operan también las políticas policiales de dos países.

En mi caso, se ha permitido la colaboración policial sin ningún control judicial y democrático para perseguirme dentro de ese territorio de frontera y en el marco de la colaboración policial entre dos países. Por eso, las persecuciones a defensoras son más difíciles de frenar. Lo vemos en Ceuta y Melilla, donde los estándares de democracia se han venido abajo.

En ‘Mujer de frontera’ hablas de volver la mirada hacia las mujeres, invisible en muchas ocasiones en el discurso migratorio oficial. ¿La violencia hacia las mujeres es todavía mayor en la frontera?

El cuerpo de las mujeres y la maternidad siempre nos define. En mi caso como defensora he tenido que aprender a que me ataquen en informes policiales con presuntas relaciones sexuales, que se ataque a mis hijos... En las redadas militares de control de la población migrante, la violacion se usa como arma de guerra. Muchas de esas mujeres se quedan embarazadas y cuando llegan al territorio de destino se les separa de sus hijos e hijas durante meses para hacer un test de ADN. Es verdad que, en el cuerpo de las mujeres, la muerte y el sufrimiento tienen un valor diferenciado porque después pueden ir a las industrias de la esclavitud con fines de explotación sexual y también laboral.

Además, las mujeres de frontera son criminalizadas y victimizadas. Hemos visto cómo a una madre que está buscando a su hijo que ha muerto se le acusa de participar en una supuesta red porque dicen que permitió que el hijo se montase en una patera. Se dice que son malas madres por montar a sus hijos en una patera… Las mujeres quieren ser (y son) sujetas de derechos.

¿Se ha normalizado la violencia en la frontera y hacia las mujeres?

Sí. Se ha normalizado que se use la violencia sexual como método de control, que puedas quitarle a una mamá a su hijo hasta que llegue ese test de ADN y no se toman otras medidas para que madre e hijo estén juntos. Hemos normalizado, como en el caso del Tarajal, que se puedan utilizar material antidisturbios y pueda morir gente en el agua por intentar cruzar una frontera. Hemos normalizado que haya una alerta de una embarcación, que se dé su posición y que los medios de rescate no salgan a tiempo para salvar esas vidas. Todo eso está normalizado y forma parte del control del movimiento que, poco a poco, ha llegado a ser así. De hecho, España ha sido pionera en esa normalización de la violencia y de la persecución. Las políticas de control migratorio de Ceuta y Melilla son las que ahora se están implementado en Grecia y los acuerdos con Turquía. Desgraciadamente, el Estado español ha exportado en los últimos 30 años prácticas que se ensayaron en Marruecos a principios del año 2000.

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Fuente © Facebook Helena Maleno Garzón

¿Cómo podemos revertir esa normalización?

La clave está en defender derechos, en defenderlos desde nuestros espacios y contextos. Dentro del territorio del Estado español también hay muchas fronteras. Hay muchas personas que no acceden a los mismos derechos que otras. La clave está en alzar la voz y también en dar una respuesta a aquellos que están apostando por el racismo social e institucional. La pandemia nos enseñó que con solidaridad, con apoyo mutuo, con no dejar a nadie atrás –que es el espíritu de los derechos humanos– es como se sale y como se crece en sociedad. Esa enseñanza de la pandemia tenemos que implementarla de forma individual para tejer redes de manera colectiva después.

Recoges referencias de mujeres, niñas, víctimas de trata, que han estado encerradas en CIEs y que han sido expulsadas del Estado español. ¿Es posible frenar la trata?

La trata se ha convertido en una estrategia migratoria. Es perverso pero, al final, las mujeres más empobrecidas del mundo no se podrían mover. Las redes de trata lo saben y se ofrecen como una estrategia de ese movimiento para buscar una vida mejor. Hay zonas en el mundo donde la trata es endémica, donde ya llevan tres generaciones donde el cuerpo de las mujeres y niñas es el producto interior bruto de la zona. Es lo que crea riqueza. Esa situación endémica es lo que hace que sea tan difícil luchar contra la trata solo desde una perspectiva policial.

El problema que tenemos es que hay una demanda desde los Estados europeos que permiten la esclavitud, ya sea con fines de explotación sexual o laboral. Solamente un enfoque policial no puede terminar con la trata. La trata se ha ligado mucho a migración y prostitución, pero la trata es más. Forma parte de la industria de la esclavitud. Al ligarlo a la parte de migración, la misma policía de control de fronteras que implementa todo este sistema es la que, en teoría, protege a las víctimas de trata. Y hemos visto que esto no es suficiente porque no se acaba con las redes, porque muchas de esas mujeres no ven restablecidos sus derechos. Hay que hacer acciones más globales, entendiendo que solo con el restablecimiento de sus derechos humanos podremos terminar con el negocio de la trata.

Llegaste a Marruecos en 2002. ¿Cómo ha cambiado la situación en estos casi 20 años a nivel migratorio?

En primer lugar, se ha normalizado la muerte. Se ha asumido por parte de los Estados y de la ciudadanía, por lo que los Estados han podido seguir con ese tipo de políticas. Y segundo, ha aumentado el interés económico por la muerte en estas zonas. Por lo tanto, la deriva ha sido hacia una frontera donde la vida está en riesgo cada día. Estamos en una situación mucho peor.

¿Cómo explicaremos dentro de unos años que la gente moría por cruzar una frontera?

Dentro de unos años esto será una abominación como lo era la esclavitud. Hace unos días participé en un encuentro internacional por la abolición de las fronteras, un tema políticamente incorrecto. Una de las personas que me llamó para el congreso me dijo que, en su día, nadie pensaba que abolir la esclavitud fuese algo natural. Me decía que se debe empezar a hablar de la libertad de movimiento y la abolición de las fronteras. Dentro de varios siglos, esto se verá como una brutalidad y una aberración, y se nos juzgará por el asesinato de los colectivos que se movían en el mundo.

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Fuente © Facebook Helena Maleno Garzón

¿Qué podemos hacer para romper los prejuicios hacia las personas migrantes y cómo podemos hacer este mundo un lugar más justo, más humano, sin muros ni barreras?

Decía Galeano que la utopía es como el horizonte, que siempre hay que caminar hacia ella. No tenemos que renunciar a la vida, al amor… porque la muerte sea la única respuesta que nos están dando desde las instituciones. Es el momento de plantarse. Hay que deconstruir las posiciones coloniales, hay que derrumbar todo el sistema racista. Todo esto hay que empezar a hacerlo ya, caminando, dando pequeños pasos y cuidando los mensajes, diciendo a los medios de comunicación que tienen una responsabilidad con los derechos humanos. Por otro lado, es importante la educación en valores y la enseñanza de los derechos humanos en el mundo educativo.

¿En qué momento dejaremos de juzgar a las personas por su origen?

Se ha ido a peor en el negocio fronterizo, pero hay también muchos movimientos dentro de las comunidades migrantes para ser reconocidas como comunidades con derechos. También hay movimientos dentro del Estado español como las mujeres de la fresa que han denunciado los abusos, los colectivos de venta ambulante que han creado su marca de ropa “Top Manta”, las personas racializadas, españolas de pleno derecho, que se están organizando y que están dando un golpe encima de la mesa. Se están tejiendo redes para plantar cara. El cambio debe venir de ellos y ellas defendiendo sus derechos y ahí está también la clave para intervenir en la frontera.

Como mensaje de esperanza, en el libro hablas de la importancia de la red de apoyo y del poder de la solidaridad.

Mi caso ha dado mucha esperanza. La policía española pedía a Marruecos que me condenara a cadena perpetua. Era algo enorme y, cuando ganamos, la sensación fue colectiva. Las compañeras migrantes me decían: “hemos ganado”, porque todos y todas se habían implicado. Desde tanto amor y reconocimiento que recibí, tejimos una red de protección colectiva que permite que hoy esté aquí hablando de nuevo. Esas redes que se han generado, y que se activan tan rápidamente cada vez que pasa algo, son una garantía. También son un toque a los Estados diciendo: “hasta aquí vais a llegar y no vamos a dejar que lleguéis más allá”. Creo que ahí están las claves de por dónde debe ir el futuro de esta lucha.